Combate de Sangra o Sangrar |
El Combate de Sangra o Sangrar se enmarca dentro de lo que se conoce como la Campaña de la Sierra, última fase de la Guerra del Pacífico y que ocurrió después de la ocupación de Lima cuando algunos oficiales peruanos se retiraron a la Sierra y organizaron montoneras para resistir al ejército chileno. La misión de la expedición Letelier era terminar con las montoneras que operaban en las vecindades de Lima y ocupaban el departamento de Junín, con el objetivo de forzar al Perú a negociar la paz. Las tropas chilenas de la expedición Letelier se habían dispersado en pequeñas guarniciones por cada pueblo de la sierra peruana. Estas, estaban siendo rodeadas por miles de indígenas sublevados y se hacía imprescindible reorganizarlas y replegarse hacia el norte, para retirarse de la sierra y evitar ataques y el desgaste de las fuerzas. El lugar elegido para la retirada fue el paso cordillerano de Las Cuevas, entre los pueblos de Quillacancha y Quillacocha, a más de 3.500 mts. de altura, el cual debía ser resguardado. La unidad elegida fue tropa de distintas compañías del Regimiento Buin al mando del Capitán Araneda, los que debían mantenerse hasta que pasara la división Letelier. La fuerza estaba compuesta por un capitán, tres subtenientes, 78 hombres de tropa y un corneta. Las tropas de Araneda, al llegar a su destino encontraron a su alrededor una hacienda, llamada Hacienda Sangrar y decidieron ocuparla para protegerse del viento, la nieve y el frío. Era la propiedad del peruano Norberto Vento, quien al enterarse que había sido ocupada, se las ingenió para que los oficiales peruanos con sus montoneros eliminaran a las tropas chilenas. El 26 de junio en las primeras horas de la mañana, el capitán Araneda había mandado hacia el interior a buscar algunos víveres. Envió dos pequeños grupos en busca de reses para la alimentación, uno a cargo del sargento 2º Zacarías Bysivinger, con el cabo 2º Bernabé Orellana, los soldados Evaristo Tapia, José Sepúlveda, Calixto Ibarra, Juan del Carmen Muñoz y Manuel Gálvez y como guía el arriero Mella y la otra, con el cabo 2º Urbano 2º Loreto y cuatro soldados. A mediodía el enemigo se acercó en medio de una tormenta de nieve. Las tropas iban al mando del coronel Manuel Encarnación Vento (hijo del propietario). Eran en total, 730 hombres entre soldados e irregulares, más los indios. A las doce y media se sintieron algunos disparos hechos a gran distancia, los peruanos habían logrado aniquilar las fuerzas del sargento Bysivinger y, alentados por este éxito, se dispusieron a atacar a la Compañía chilena. El capitán Araneda, sin perder un ápice de su serenidad, alcanzó las alturas en donde se hallaban los centinelas, para observar personalmente al enemigo. Vio que este avanzaba con rapidez. No tuvo un solo momento de indecisión. Volvió al lado de su tropa, y a pesar de la enorme superioridad numérica de su adversario, se preparó valientemente para la lucha. Como con anticipación ya el capitán Araneda había dictado sus órdenes y disposiciones para el caso de ser atacado, no hubo más que ponerlas en práctica sin mayor dilación. De los 79 hombres que componían la unidad, 15 habían quedado en Cuevas al mando del sargento 2º Blanco y 6 habían salido esa mañana en comisión a cargo del sargento 2º Bysivinger, 4 con el cabo Urbano 2º Loreto, quedando por consiguiente 52 hombres para hacer resistencia a más de 700 enemigos. Los oficiales que acompañaban al capitán Araneda eran los subtenientes: Ismael Guzmán, José Dolores Ríos y Eulogio Saavedra. El subteniente Guzmán fue colocado con alguna tropa detrás de las pircas que rodeaban la iglesia; el subteniente Ríos en las que circundaban la casa, que se había ocupado para cuartel; y el capitán Araneda con el subteniente Saavedra y el resto de la Compañía, tomó posición en los molinos. Cuando concluían de ocupar sus posiciones, el enemigo rompió sus fuegos y desde ese momento emprendió su avance con la confianza de aniquilar al destacamento chileno con relativa facilidad. Sus disparos eran continuos, y se veía que su intención era hacer el mayor número de bajas antes de acortar la distancia. Tan pronto como el sargento Blanco, destacado en Cuevas, sintió el fuego, corrió en auxilio de sus compañeros, pero a pesar de batirse con toda valentía, no pudo realizar su intento, teniendo que retirarse con numerosas pérdidas. A las 5 de la tarde el Capitán Araneda después de haber perdido gran parte de su gente, y como el enemigo ya había estrechado el círculo en que trataba de aprisionarlo, ordenó la retirada a la casa que habitaba como cuartel, para continuar la resistencia. El subteniente Guzmán no pudo cumplir la orden de retirarse al cuartel, pues, el enemigo se lo impidió, por lo cual se vio obligado a atrincherarse en la iglesia y a seguir combatiendo con los diez hombres que en aquellos momentos le acompañaban. En el cuartel, el capitán Araneda tomó la defensa de una de las ventanas; la otra era vigilada por el subteniente Saavedra y una puerta que daba al corralón, fue confiada al subteniente Ríos; el corneta estaba encargado de pasar munición a los combatientes a fin de que no abandonasen sus puestos. Después de tres horas de sangrienta lucha, el jefe peruano hizo cesar el fuego y avanzó hacia las posiciones en que se batían los “buines”, haciendo al capitán Araneda toda clase de ofrecimientos a fin de que se rindiese; pero el capitán chileno no se doblegó ni ante los halagos, ni amenazas; y por única contestación ordenó al corneta que tocase el terrible toque de calacuerda. En estos momentos de cruel angustia no le quedaban más que siete hombres y con ellos tuvo que hacer frente al nuevo asalto que las montoneras emprendían furiosos por el rechazo de sus ofertas, y despechados también por una resistencia que era una vergüenza para ellos, pues, hasta esos momentos no habían podido derrotar a ese puñado de valientes, contando con el número y lo ventajoso de su situación. Pero todo fue completamente inútil; los “buines” se sostenían impertérritos y con su fiera actitud demostraban que estaban decididos a morir, pero no a rendirse, ni capitular. Distribuyendo sus soldados dentro de la casa, las pircas y murallas, Araneda resistió con empeño desde el medio día hasta el anochecer. Inútiles fueron los llamados de Vento para que los chilenos depusieran las armas. Desesperados los peruanos por su impotencia para destruir al pequeño destacamento chileno, incendiaron la Iglesia y las habitaciones situadas a los alrededores del cuartel para obligar a sus defensores a que saliesen y concluir con ellos. El subteniente Guzmán no pudo sostenerse por más tiempo porque se ahogaba con el humo del incendio, por lo cual se vio obligado a salir; pero lo hizo con todo orden; y en la imposibilidad de reunirse a su capitán por impedírselo el enemigo, optó por batirse en retirada y tomar el camino de Casapalca con el objeto de pedir refuerzos. El incendio de los ranchos y del techo de la iglesia iluminaba el campo de combate. Inútiles esfuerzos realizaron los atacantes por terminar con los heroicos soldados de Araneda, mientras la tormenta de lluvia y nieve azotaba el escenario. La defensa tenía todo en contra: las balas, el fuego, el humo, la sed, el cansancio; pero se batieron firmes, cazando a los enemigos del techo por el ruido que hacían al andar sobre las planchas, enterrando la bayoneta en los individuos que abrían orificios en las murallas y luchando a balas y armas blancas en la puerta de calle. A las 2 de la mañana del 27 de junio, después de 13 horas de heroico combatir, el enemigo, temeroso de los refuerzos que pudiesen recibir los sitiados, emprendió la retirada, llevando consigo sus muertos y heridos, los que no bajaban de 100. Vento suspendió el combate y se retiró al saber de la venida de refuerzos desde Casapalca y cuando comenzaron las primeras luces de la aurora, las tropas del comandante Méndez llegaron a la hacienda de Sangrar y allí encontraron a Araneda con el resto de sus hombres. De los 79 que iniciaron la lucha hubo 31 bajas. Junto al comandante de la Compañía estaban los subtenientes Saavedra y Ríos, el pequeño corneta y 7 soldados. Nada se sabía de los hombres de Bysivinger. El resto estaba en Canta con el sargento Blanco. Entre los muertos, rindieron la vida en defensa de su patria el sargento 2º Zacarías Bysivinger y los cabos José de la Cruz Barahona y Bernabé Orellana. Por espacio de 13 horas la Compañía de Araneda había resistido al enemigo y cuando el comandante Méndez preguntó al capitán cómo pudo sostenerse con tan poca gente, Araneda, sonriendo contestó: ¡Bien puede el “Buín” sentirse orgulloso de ostentar en su bandera la inscripción que recuerda la brillante jornada de Sangra. Ella iluminará siempre a los que formen en sus filas el camino del sacrificio y de la gloria!
|