En el elevado paisaje de las altas cumbres, entre rocas, nieve y viento,
en donde el aire es delgado y apenas alimenta los pulmones, vivieron
y lucharon los soldados de Chile durante los años de la campaña
de la sierra, la última y más prolongada etapa de la Guerra
del Pacífico. Nuestras tropas habían ocupado Lima y la
guerra tocaba a su fin. El General peruano Cáceres, apodado por
sus connacionales como el "Brujo de Los Andes", había
organizado con agilidad de corsario, una campaña de hostigamiento
constante a las fuerzas de ocupación.
El poblado de La Concepción constituía el punto más débil
de la línea chilena y se encontraba rodeada por las tropas y montoneras
del General Avelino Cáceres, quien planeaba un ataque de gran envergadura.
Es así como el alto mando chileno decidió a mediados de 1882,
que una División, a las órdenes del General Estanislao Del Canto,
ocupara la línea Cerro de Pasco-Huancayo, que domina gran parte del
valle del río Mantaro, con el propósito de terminar con estos últimos ímpetus
belicistas y restablecer el orden en la región. De acuerdo con la orden
recibida, el 6 de julio de 1882, la 4ª Compañía del Batallón
Chacabuco 6º de Línea, al mando del capitán Ignacio Carrera
Pinto, ocupaba el pueblecito de La Concepción, tomando posesión
de la plaza central de la aldea. Carrera Pinto, aún no conocía
de su ascenso cursado en fecha reciente. Integraban la pequeña unidad
los Subtenientes Arturo Pérez Canto, Julio Montt Salamanca, Luis Cruz
Martínez, 73 soldados, de los cuales 9 estaba convalecientes de tifus.
En total, sumaban 77 almas. Acompañaban a los soldados dos mujeres que
servían funciones domésticas, una en avanzado estado de gravidez
y la otra con un hijo pequeño de 5 años. Por su parte, las tropas
enemigas, estaban al mando del Coronel Juan Gastó, y se componían
de 300 soldados de línea y alrededor de 1.500 indios.
Era como si esta fecha estuviera fijada de antemano. En la sierra, una tempestad
de sangre se iba a desencadenar. Justo para un 9 de julio. Así estaba
estampado en la trinchera adversaria con la siguiente orden: "Ataque de
conjunto al Ejército chileno, por la quebrada del Rímac, por
la Oroya, por Jauja o La Concepción y por Huancayo". A su vez,
en el legajo de partes del Comandante en Jefe de la División chilena
aparecía también esa fecha, pero precedida por otra: "8
de julio, evacuación de Huancayo. 9 de julio, ingreso a Jauja de todas
las guarniciones del sur". Por ello es que el grueso de las tropas chilenas
se disponía a salir de Huancayo, con el objetivo de replegarse hacia
el norte. Pero en La Concepción, en el cuartel chileno, el capitán
Carrera Pinto ordenaba a los Subtenientes Pérez Canto y Cruz Martínez,
que se prepararan para el combate- "Tengo la certeza que el enemigo proyecta
un asalto a este pueblo, hoy, después del mediodía"-. En
todo caso, esperaba contar con el apoyo del General Del Canto, que luego de
abandonar Huancayo, pasaría por La Concepción a eso de la una
de la tarde. Confiaba en resistir el ataque adversario, hasta que llegara el
grueso del contingente chileno y provocara un vuelco en este desigual combate.
El bravío capitán chileno, ya tenía claro el escenario
del enfrentamiento- "Resistiremos dentro del espacio de esta plaza hasta
que llegue la División del General Del Canto"- explicó.
Todos lucharían, incluso el Subteniente Montt, que en precarias condiciones
físicas, exigía su puesto de combate. Carrera Pinto, a su vez,
ya había planeado que si no se podía resistir el choque inicial,
la alternativa era replegarse ordenadamente sobre el cuartel. Cada uno se fue
a sus puestos de combate, luego de un vigoroso ¡Viva Chile!
A tan bravíos chilenos, la idea de la rendición no estaba en
sus mentes. El capitán Ignacio Carrera Pinto, comunica a sus soldados
que no aceptará capitulación alguna. Luego de la aclamación
de la tropa, se aprestan a disparar la primera descarga, que es tan certera
y constante, que obliga a los adversarios a retroceder. Carrera Pinto ordena
el cese momentáneo del fuego y pide que tres voluntarios crucen las
líneas enemigas, para poder avisarle al General Del Canto, que se encuentran
rodeados, y que sólo unos pocos y muy ayudados por la suerte, podrán
resistir. "Que nos mande refuerzos y municiones", indicó.
El Sargento Silva y sus dos soldados pasaron la primera muralla humana, no
pudiendo doblegar a una segunda. Empero, los chilenos continuaron con su resistencia,
agotando casi todas las municiones, aún así, lograban contener
a los indios de la plaza. Sin embargo, repentinamente estalló el fuego
por un costado de la casa, Carrera Pinto sabe que si no salen del cuartel,
perecerán en medio de las llamas. El grupo, ya no más de veinte
hombres, se decidió a salir a enfrentar al enemigo. La apariencia de
esos soldados en aquel escenario infernal, enrojecido por las llamas y sus
gritos roncos, impresionó a los indios, que volvieron a retroceder.
Ignacio Carrera Pinto decidió perseguirlos hasta el costado opuesto
de la plaza, para causarles el mayor daño posible, pero cuando trataba
de arengar a los suyos, un disparo le cortó la vida. La única
esperanza de salvación que les quedaba ahora, estaba en agruparse detrás
del pórtico de piedra del cuartel. Así en medio de esa selva
de fuego, los soldados de Chacabuco lograron posesionarse dicho objetivo. Ya
no eran más de diez o doce, pero los chilenos seguían defendiéndose.
Fue inconcebible como aquel puñado de hombres logró contener
y rechazar a la masa de atacantes... Comenzaba el amanecer del 10 de julio
de 1882. Quince horas hacía que los soldados chilenos mantenían
una resistencia suicida. Fieles al artículo 21 de la Ordenanza General
del Ejército, que impone: "El militar que tuviere orden de conservar
su puesto, lo hará", habían ido sacrificándose jefes
y soldados, como así lo atestiguaban los sacrificios del Capitán
Ignacio Carrera Pinto y sesenta y siete soldados. Junto al pórtico de
piedra del cuartel, se observaba el cuerpo sin vida del Subteniente Montt.
Sólo quedaban vivos Arturo Pérez Canto, Luis Cruz Martínez
y ocho soldados, que parapetados tras el marco de piedra del pórtico,
cubrían con sus cuerpos a las dos mujeres y al niño.
Finalmente se desencadenó uno de los últimos ataques, en el que
avanzaron mezclados montoneros, soldados e indios. Pérez Canto, ordenó a
sus hombres: "¡A la carga, valientes del Chacabuco!". En ese
mismo instante, cayó Pérez Canto y cuatro de sus valientes. Luis
Cruz Martínez y cuatro sobrevivientes se replegaron. "Mi Subteniente,
terminemos de una vez"- dijo uno de los soldados y sus compañeros
aprobaron con ademanes resueltos. El fin estaba cerca, el Subteniente Luis
Cruz Martínez les ordenó a sus hombres ajustarse los barboquejos
de los quepis y ordenarse las guerreras para morir con los pendones de la patria
bien puestos.
-¡Chilenos, ríndanse! ¡Ríndanse
y les perdonamos la vida!
-¡Señores, los chilenos no se rinden nunca! El Subteniente
se volvió a sus soldados y les ordenó vigorosamente:
-¡Soldados del Chacabuco, a la carga! |
Los cinco hombres aferraron sus fusiles, nivelaron sus bayonetas a la altura
del pecho y se precipitaron a la carrera. En el transcurso de unos pocos
segundos, todo indicio de combate había desaparecido.
El General Del Canto había iniciado su marcha desde Huancayo a las diez
de la mañana y se dirigía rápidamente a La Concepción.
Al arribar pudo contemplar que el espectáculo que ofrecía la
plaza y las ruinas del que había sido el cuartel de la 4ª Compañía
del Chacabuco, era desolador.
A Ignacio Carrera Pinto, se le cosieron en su guerrera los galones correspondientes
al grado de Capitán, que se le había otorgado hacía más
de un mes, distinción de la cual no se alcanzó a enterar. Y sobre
su pecho se extendió el jirón que restaba de la bandera quemada
del cuartel, en donde quedaba solamente la estrella. Una blanca estrella en
la que el Coronel Del Canto y su ayudante estamparon las firmas y escribieron
la fecha 10 de julio de 1882, como mudo testimonio de la epopeya inmortal de
La Concepción.
Texto Adaptado de "Combate de La Concepción:
Una Epopeya Inmortal" Adaptación de la obra
'Una Epopeya Inmortal', editada por el Ejército
de Chile en 1982, al cumplirse el primer Centenario de
este épico combate. Revista Alborada Nº88,
Julio de 1984, Santiago, Chile. |
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