206 Años

El Ejército tiene el orgullo de ser una de las instituciones permanente en los 206 años de vida republicana, durante los cuales, siempre ha estado presente en todos los grandes hitos de su trayectoria, política, económica y social, y con la certeza que en el presente y en el futuro, las nuevas generaciones que componen sus filas, seguirán comprometidas con la seguridad, defensa, la paz y el bienestar de la Patria.

Esta trayectoria, se ha visto reflejada en el permanente aporte de la institución al desarrollo del país a lo largo de la historia, contribuyendo de esta forma, al genuino espíritu de nacionalidad.

Cabe recordar que este compromiso histórico es aún más antiguo, pues se origina en las primeras manifestaciones de conformación de un Ejército Permanente, cuando por  Real Cédula de 1603, nació el primer Ejército del Reino de Chile.

 

Período Hispano-Indígena Originarios

Unos ochenta años antes de la llegada de los españoles, el Inca Túpac Yupanqui inició la ampliación de su imperio hacia Chile. La evidencia señala que militarmente llegaron hasta la cuenca de Rancagua, Cerro Grande de la Compañía o del Inga, aunque su influencia se hizo sentir hasta el río Maule. La permanencia de los incas, fue corta y no tan intensa, debido a que el incario -a la llegada del conquistador Francisco Pizarro al Perú- se encontraba debilitado ya que había una guerra civil entre Huáscar y Atahualpa por el trono.

La conquista de lo que hoy es Chile se inició con la salida desde el Cuzco del adelantado Diego de Almagro, en julio de 1535. La travesía fue muy penosa debido a la falta de alimentos y al frío.  Una parte del trayecto, la más difícil, se efectuó cruzando la cordillera de los Andes.

Llegaron al valle de Copiapó en los primeros días de abril del año 1536. Luego siguió su camino hacia el sur hasta llegar al valle del río Aconcagua -donde llegó a mediados de 1536-, gobernado por “el señor de Chile”, el curaca cuzqueño Quilicanta, quien se mostró cooperador con los españoles. Almagro no se detuvo en Quillota y dispuso varias expediciones hacia el sur del país, una de ellas alcanzó la bahía de lo que hoy es Valparaíso.

La expedición de Gómez de Alvarado avanzó por el valle central, sin mayores contratiempos. Allí encontraron una tierra con poco valor, sin cultivos y su población diseminada en pequeñas agrupaciones de ranchos.  Continuaron su marcha llegando a Reinohuelén, en la confluencia del los ríos Ñuble e  Itata, donde fueron interceptado por un grupo bien organizado y numeroso grupo de indígenas. Gómez de Alvarado, a pesar de salir victorioso, regresó al valle de Aconcagua con más de cien indígenas prisioneros.

Por su parte, Diego de Almagro recorrió los valles de los ríos Maipo y del Mapocho. A fines de agosto de 1536 y, dado que no se encontraban las riquezas esperadas, y la necesidad de volver a defender sus derechos en Perú, Almagro inició la larga travesía de regreso, llegando al Cuzco muy andrajosos, en sus ropajes y cabalgaduras, por las penurias sufridas.

El año 1540, un capitán español Pedro de Valdivia decidió emprender nuevamente la conquista de Chile. Esta no era una empresa fácil, pero con tenacidad, valentía y ambición logró atravesar el desierto y franquear una serie de dificultades. Pedro de Valdivia escogió el lugar más favorable para instalar la primera ciudad y el 12 de Febrero de 1541 fundó Santiago de la Nueva Extremadura.

Los españoles continuaron fundando ciudades, pero se encontraron con tribus de naturales, a las que llamaron araucanos, las cuales opusieron resistencia a la dominación. Con ello se inició la Guerra de Arauco, la cual no solo se dio como enfrentamientos bélicos, sino que también se fue alternando con períodos de paz, parlamentos, relaciones comerciales, mestizaje, actividad misionera y contacto cultural entre españoles y araucanos.

Los araucanos o mapuches fueron capaces de enfrentarse a los españoles al modificar su forma de combatir y adaptarlo al tipo de enemigo que debían enfrentar, junto con idear nuevas armas.  Lautaro, genial creador de todo un arte militar mapuche, organizó y condujo a su ejército alcanzando importantes victorias. Estableció algunas modalidades, como el uso de la sorpresa, el espionaje, las fortificaciones de campaña, la invención de nuevas armas, el aprovechamiento del terreno y el ataque por oleadas sucesivas. El espíritu indomable de Lautaro se vio reflejado, más tarde, en las acciones de diversos toquis (jefes militares mapuches), como Caupolicán, Galvarino, Pelantaru y otros fieles exponentes de la conducción militar mapuche.

 

Ejército del Reino de Chile

Chile se constituyó en unos de los reinos hispánicos en Indias Occidentales, dependientes de la corona de Castilla, los cuales en igualdad jurídica con los de la Península Ibérica, conformaron la grandeza de España. De esta herencia hispánica y nativa, nació posteriormente el pueblo chileno.

Las elevadas pérdidas humanas y materiales sufridas por los españoles en el transcurso de la Guerra de Arauco, hicieron necesario la creación de un Ejército Permanente.  Fue así como a sugerencia del ilustre Gobernador don Alonso de Ribera -quien se había distinguido en la guerra de Flandes- el Rey Felipe III, por Real Cédula de enero de 1603, creó el Ejército del Reino Chile, el primero en ser organizado en la América Hispana, lo que demostró la importancia que el Reino de Chile tenía para la Corona española, pues era quien le proporcionaba la defensa de un extenso territorio al sur de América.

Alonso de Ribera aumentó la capacidad profesional y combativa de la tropa, estableció una digna escala de sueldos y llegó incluso a fundar industrias básicas para abastecer al personal militar. Este Ejército permanente del Reino de Chile, con el tiempo fue objeto de constantes mejoras, luego de la dictación de ordenanzas y reformas de acuerdo a las necesidades del país y sirvió de base para la composición del Ejército Nacional, creado más tarde, para defender la independencia proclamada por la Primera Junta Nacional de Gobierno el 18 de septiembre 1810.

 

Independencia y organización de la República

El ejército que se fue organizando durante la Patria Vieja, estaba compuesto por algunas de las antiguas unidades del Ejército Real de Chile, las nuevas unidades organizadas por criollos y españoles partidarios de la Independencia y las milicias.  Este fue el que se batió con valentía en los campos de batalla, a pesar de su falta de organización, armamento, equipo y una adecuada preparación y conducción militar.

En el período destacan las figuras señeras de José Miguel Carrera V. y de Bernardo O'Higgins R. Como gobernante de Chile, Carrera tuvo el mérito de haber sido el primero en impulsar la plena independencia de la corona.

Este Ejército tuvo triunfos y derrotas, pero sus integrantes lucharon con valentía en Yerbas Buenas, San Carlos, Concepción, Talcahuano, Chillán, El Roble, Quilo, Membrillar,  Cancha Rayada, Quechereguas y Rancagua, entre otras.

Luego del Cruce de Los Andes y las victorias de Chacabuco y Maipú, Bernardo O'Higgins asumió el mando como Director Supremo y organizó el gobierno y consolidó la Independencia de Chile, conduciendo los destinos de la nueva república, hasta el año 1823.  Entre sus obras más importantes en lo institucional destacan: la creación de la Academia Militar, a través de la cual fue posible impartir una doctrina militar. Desde allí se propagó el orden y el estricto cumplimiento de los deberes ciudadanos en todo el territorio.  La creación de la Escuadra Nacional, llamada a cautelar la presencia de Chile en el Océano Pacífico. 

Especial mención merece la organización de la Expedición Libertadora del Perú, que se realizó bajo bandera chilena, financiada totalmente por nuestro país y con tropas constituidas fundamentalmente por chilenos y un porcentaje menor de tropas argentinas, al mando del General José de San Martín.

Después de la abdicación de O'Higgins, Chile vivió una serie de tropiezos y conflictos propios de un estado que iniciaba su vida independiente y luchaba por establecer un sistema de gobierno republicano, lo que produjo continuos ensayos y fracasos.

Más tarde, con paso firme, bajo la dirección del Presidente General José Joaquín Prieto (1831-1841), Chile comenzó a avanzar teniendo como norte el engrandecimiento de sus instituciones. La Constitución de 1833 marcó el mayor acontecimiento de esa época y, con la organización de sus poderes, el Estado se preocupó de cimentar las entidades que necesitaba la vida nacional. La mano del ministro Diego Portales se dejó sentir firmemente y la República avanzó con seguridad por el camino de un desarrollo notable y sostenido.

 

Guerra Contra la Confedereción Perú-Boliviana (1836-1839)

Más tarde Chile debió enfrentar un grave peligro a su soberanía a causa de la formación de la Confederación Perú-Boliviana, encabezada por el Mariscal boliviano Andrés de Santa Cruz, que buscaba llevar adelante el proyecto bolivariano de crear una Federación Andina, lo que rompía el equilibrio internacional.  Chile le declaró la guerra y luego de la fallida primera expedición al mando del Almirante Manuel Blanco Encalada, que zarpó de Valparaíso en septiembre de 1837, se organizó una nueva campaña, esta vez al mando del General Manuel Bulnes, quien el 20 de enero de 1839 derrotó definitivamente a Santa Cruz, en la Batalla de Yungay, gracias a sus notables dotes de conductor militar y a la admirable capacidad guerrera del soldado chileno.

Después de la guerra, Chile emergió como una nación respetable por su organización interna, su unidad nacional y su situación privilegiada a orillas del Océano Pacífico. El General Bulnes fue elegido Presidente de la República y durante su administración, entre los años 1841 y 1851, el país creció con velocidad y adquirió prestigio por su constante desarrollo en todos los campos de la actividad nacional. 

 

Revoluciones del siglo XIX

Durante el siglo XIX se produjeron tres revoluciones, la Guerra Civil de 1829, que concluyó con la Batalla de Lircay (17 de abril de 1830), donde a pesar de no lograrse la normalidad inmediatamente, un acuerdo posterior puso término al conflicto.

Luego fue la Guerra Civil de 1851, que se decidió en la Batalla de Loncomilla (08 diciembre de 1851) y seguidamente, el combate de Ramadillas que puso fin a los últimos insurrectos de Copiapó.

Finalmente, la Revolución de 1859, caso en el que como el Ejército se mantuvo cohesionado apoyando la institucionalidad vigente, no llegó a una guerra civil, que tanto daño podría haber ocasionado al país.  En este caso, tras la Batalla de Cerro Grande (29 de abril de 1859), se logró la derrota definitiva de las fuerzas revolucionarias.

 

Inicio de la Pacificación de la Araucanía

Después de tres siglos de encuentros esporádicos, durante la administración de don José Joaquín Pérez y de acuerdo con el plan del gobierno, se inició la penetración y ocupación de los territorios ubicados al sur del Bío Bío, para llevar la civilización a todos los ámbitos de La Frontera.  Esta tarea se realizó a través de la fundación de ciudades, construcción de carreteras, telégrafos, creación de escuelas y atención médica.  Esta actividad no exenta de enfrentamientos, se debió realizar, en algunos casos, con el uso de la fuerza militar. 

 

Guerra con España (1866)

Inspirado en el espíritu americanista, Chile se vio envuelto en un conflicto con España en apoyo al Perú, a raíz de un roce diplomático entre estos países. España se apoderó de las guaneras ubicadas en las islas Chinchas lo cual significó un gran daño económico para Perú. Chile en solidaridad, declaró la guerra a España el 24 de Septiembre de 1865.

Esta guerra causó graves daños al país, a causa del bombardeo a Valparaíso por parte de la escuadra española y los combates navales y terrestres en el norte, como Calderilla y el sur en Tubildad. La paz con España se estableció en 1883, con un tratado firmado en Lima, el 12 de Junio de ese año.

 

Guerra del Pacífico (1879 - 1884)

Durante los años de paz turbados sólo por esporádicos alzamientos en la Araucanía, se continuaron formando y desarrollando las instituciones, la cultura, las ciencias y las artes.  Ello duró hasta 1879, año en que el Ejército, junto a la Armada y el país entero, debieron enfrentar a las fuerzas aliadas de Perú y Bolivia.

La prueba a la que fue sometido el país con la guerra terminó de forma favorable para los chilenos, debido en gran parte a la superior conducción militar de las operaciones y a la notable capacidad combativa alcanzada por el Ejército y la Guardia Nacional, el que se transformó, en breve lapso, en un compacto y disciplinado conjunto de soldados profesionales en los campos de batalla. En efecto, los chilenos jóvenes de distintas profesiones y oficios, dejando de lado sus labores e intereses personales, se integraron al Ejército en defensa de la Patria.

El triunfo fue alcanzado a costa del heroísmo y sacrificios inigualables realizados por todos los integrantes del Ejército de Chile, guiados sabiamente por comandantes de todos los grados. Entre muchos de ellos, destacan el General Justo Arteaga, a quien le correspondió organizar el Ejército de Operaciones del Norte, en Antofagasta; el Teniente Coronel Eleuterio Ramírez caído en Tarapacá; el sargento 2do. Daniel Rebolledo que clavó la bandera en Morro Solar; el Capitán Ignacio Carrera Pinto, seguido de sus 76 inmortales; el Coronel Alejandro Gorostiaga, cuyo triunfo en Huamachuco obligó al enemigo a firmar la paz; y el General Manuel Baquedano, sin dudas, el vencedor de la guerra.  Estos dignos representantes del Ejército de Chile, como tantos otros, con el heroico sacrificio de sus vidas en los distintos combates y batallas, reafirmaron para siempre una doctrina institucional rigurosa en su código de honor, y que se mantiene inalterable hasta nuestros días.

Durante este periodo (1879-1884), el progreso de Chile no se interrumpió. La guerra estimuló el desarrollo de la economía industrial que sirvió en gran medida para abastecer al Ejército en campaña.  Junto con ello, se terminó la incorporación del territorio ubicado al sur del Bío Bío, que culminó con la ocupación de Villarrica en 1883. 

Finalizada la Guerra del Pacífico, el alto mando del Ejército inició la evaluación del conflicto y, comprendiendo la necesidad de modernizarse, se entregó a la tarea de modernizar aspectos de organización y equipamiento.

Entre las medidas propuestas al gobierno por la superioridad de la Institución, figuraba la necesidad de contratar oficiales extranjeros para desempeñarse prioritariamente en los institutos de enseñanza del Ejército. De esta manera, llegó al país, inicialmente el Capitán alemán, Emilio Körner y un grupo de oficiales alemanes.

De esta forma, el mando del Ejército y un grupo de oficiales, con el apoyo de oficiales alemanes, fueron los principales artífices de la modernización del Ejército a fines del siglo XIX. Fue así como, en 1886 se creó la Academia de Guerra, el año 1887 se readecuaron los planes de estudios de la Escuela Militar y junto a ello, se inauguró la Escuela de Clases, institutos que han sido fundamentales en la preparación de los oficiales y cuadro permanente del Ejército. 

 

Guerra Civil de 1891

La contienda fratricida de 1891 encontraría al Ejército dividido. Una vez detonado el conflicto parte importante del Ejército, consecuente con la doctrina institucional y su respeto a la Constitución, se mostró leal al gobierno del Presidente Balmaceda.

Terminado el conflicto, fue disuelto el Ejército Gobiernista y hubo sucesivas reorganizaciones, para finalmente en julio de 1895, crear las Zonas Militares, que dieron una nueva estructura a la Institución. Tiempo después, el Gobierno convencido de la importancia del Servicio Militar Obligatorio, encargó el 2 de febrero de 1899 la redacción de un proyecto de ley, que luego de algunas modificaciones, se convirtió en la Ley de Reclutas y Reemplazos del Ejército y la Armada, que fue promulgada en septiembre de 1900.

 

Siglo XX

Con la llegada del nuevo siglo, entre los años 1906 y 1913 se consolidó la labor reorganizadora del Ejército de Chile y se crearon, entre otros: la Inspección General, los Servicios Logísticos y las Divisiones, Brigadas y Regimientos a lo largo del territorio nacional. Asimismo, el 7 de febrero de 1913, se creó la Escuela de Aeronautica Militar, debido principalmente al impulso dado por el General Arístides Pinto Concha y el General Pedro P. Darnelt, junto a otros destacados oficiales.

Dentro del concierto centro y sudamericano, el prestigio alcanzado por el Ejército de Chile llevó a que numerosas países, entre ellos, El Ecuador, El Salvador y Colombia, solicitaran misiones militares a nuestro país para que colaboraran en la reorganización de sus ejércitos, lo que se materializó exitosamente.

El proceso de modernización no se detuvo, y en las primeras décadas del siglo XX vieron la luz el Instituto Geográfico Militar y la Academia Técnica Militar.

Luego, durante la década del 20, la situación social, económica y política de la Nación se manifestó en una sucesión de crisis políticas que tendrían como protagonistas a oficiales de Ejército. Algunos integraron las Juntas de Gobiernos de 1924 y de 1925, entregando esta última el poder a don Arturo Alessandri el 20 de marzo de ese mismo año.

El Coronel Carlos Ibáñez del Campo, que había destacado como ministro en el gabinete del Presidente Emiliano Figueroa, luego de su renuncia, fue proclamado candidato a la primera magistratura, siendo elegido el 22 de mayo de 1927. Su programa de gobierno comprendía un enorme plan de desarrollo nacional, abarcando todas las áreas del quehacer del país, el que pese a la crisis económica mundial que se hizo sentir con gran fuerza en Chile y que lo haría renunciar al poder el 26 de julio de 1931, alcanzó a consolidar algunas obras, como la creación del Cuerpo de Carabineros de Chile en 1927, la creación del Comando en Jefe del Ejército en 1931 y de la Fuerza Aérea Nacional, unificando de esta manera las Aviaciones del Ejército y de la Armada.

En el período que comprende las décadas de los años 1940 y 1950, se produjeron acontecimientos que continuarían con la línea de modernización adoptada por el alto mando. En este período se inicia la transformación del Ejército, de uno hipomóvil a uno motorizado.  Entre ellas se encuentra la creación del arma de blindados en 1944, del arma de Telecomunicaciones en 1947, la creación de la Escuela de Montaña,  la organización de la Defensa Civil por parte del Estado Mayor General del Ejército, y la habilitación de la Base Militar Antártica "Bernardo O'Higgins", gracias a la especial preocupación del General de División Ramón Cañas Montalva, pionero en los temas antárticos. También la superioridad militar se encargó de dar una nueva estructura a los servicios del Ejército. Especial importancia adquirió durante este período el servicio de Material de Guerra, producto de la evolución técnica de las armas y por la creación de nuevos elementos de combate que trajeron modificaciones en lo estratégico y en lo táctico.

En la década de los 70, como consecuencia de la crisis política, social y económica a la que había llegado el país, las Fuerzas Armadas y de Orden asumieron el poder de la Nación el 11 de septiembre de 1973.

En esa misma década, el país debió afrontar las dos crisis internacionales, la del año 1974 y la de 1978, en las cuales el Ejército, junto con las otras Instituciones armadas, fueron exitosas en su rol de la Defensa Nacional, al actuar disuasivamente ante amenazas externas, lo que permitió continuar en una tradición de paz que se prolonga por más de un siglo.

 

Siglo XXI

Continuando el proceso de modernización iniciado a fines del siglo XX, la gestión de mando en el Ejército se ha centrado en cumplir las tareas que le asigna la Constitución y ha centrado sus principales tareas en tres grandes áreas:

  • La revalorización de la función militar en la sociedad chilena, profundizando su labor de contribución al progreso del país y de integración con los estamentos que lo conforman.
  • El crecimiento cualitativo de sus cuadros, proceso complejo y dinámico que exige continuamente aumentar los niveles de excelencia en la formación y entrenamiento de sus componentes.
  • La identificación de los desafíos que presenta el nuevo siglo, redefiniendo los roles de la Institución y del perfil de sus integrantes, lo que constituye un elemento fundamental del proceso modernización en marcha.